

Torear es un sentimiento antiguo que brota preciso cuando se ilumina dentro un intenso manantial.
Torear es escribir con nardos sobre el agua, cerrar los ojos después y ver que el tiempo se ha parado sin detenerse.
Torear es vivir embaucando al aire, a las estrellas y a las hojitas derramadas en el albor del otoño.
A veces, la naturaleza nos sorprende y nos reta con dibujos imposibles y sale el corazón por las esquinas para demostrarnos que una muleta es un pincel y una escofina, pero también un lápiz de color cuando se siente como un juguete. O un escorzo más efímero que un latido pero inmensamente bello e irremediablemente poético.
Torear también es una especie de desafío a tiempo, un algo que cuando se empieza a percibir tiene caracteres imprecisos pero que turba y mantiene el corazón pendiente por cómo va a acabar el natural alado a la sombra del almendro.
Torear inquieta porque es como pensar, reflexioniar, o experimentar hasta donde son capaces de llegar todos los sentidos si se vive cabalmente.
Torear es sentimiento y el gozo de tocar algo con tus manos que es intocable, torear, que bonito, para unos pocos privilegiados, porque todos no somos capaces de poder interpretar ese arte tan bello y culto al mismo tiempo.
Torear, ¡quien pudiera!...
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